El parto: miedo y asco a la cesárea

Por un momento estaba a punto de ser más políticamente correcta y poner titular este post “Miedo y animadversión a la cesárea” pero el eco a la peli y lo que realmente siento lo han impedido.

Como bien sabéis lo que me seguís, la sombra devastadora de la cesárea planeó sobre mí durante todo el embarazo. El parto, con los miomas, los gemelos y la propensión médica a evitar riesgos pintaba bastos, como diría mi abuelo. Durante todo el embarazo, en el que me controlaron desde riesgos por serlo en triplete, la amenaza estaba allí, latente.

Yo, en mi optimismo natural y en mi, reconozcámoslo, propensión a tener la cabeza cuadrada y creencia de que soy capaz de todo, no tiré la toalla en esta incipiente maternidad y dediqué buena parte del embarazo a la preparación para el parto vaginal.

Me hubiera simplemente encantado tener un parto natural, así que fui a las clases, hice los ejercicios, me consciencié, leí, preparé, cambié de hospital a uno más pro-parto natural etc etc, pero al final, por varias razones, no hubo nada que hacer y tuve solo 24 horas para asimilar esta nueva realidad.parto

La niña en posición transversal, los miomas en zona chunga para las contracciones y la alternativa chungueras de un parto inducido al final dejaron a la cesárea imponerse como mejor opción. Así que, sin comerlo ni beberlo, un miércoles, con 38 semanas de embarazo gemelar fuimos a la doctora y salimos con el horario de la intervención bajo el brazo. Tenía 24 horas para terminar de preparar todo. ¿Qué es todo? No estoy muy segura, debo responder. En teoría tenía todo preparadísimo pero me entraron los nervios de último momento para que todo estuviera bien. Cada  uno tiene sus mecanismos de evitación y este es un gran clásico mío: desviar la atención al orden y la organización para no pensar sobre el asunto que tan sucintamente se precie como desestimable. Mirar hacia otro lado, vaya, un clásico en todas las pantallas.

Ahora, en perspectiva, me parece todo, lo menos, gracioso. Yo bien obsesionada en el cómo y no en el qué. No podía sacarme de la cabeza la cesárea. ¿Dolerá? ¿Estaré semanas hecha polvo? ¿Cómo es estar anestesiada? ¿Me enteraré de algo después? ¿Se notan los cortes? ¿Cómo será la cuarentena? ¿me vendrá una depresión postparto rollo bofetón? Tenía miedo. Sí, miedo. No solo era la opción menos favorita sino que además me daba miedo entrar en quirófano por primera vez en mi vida. Con una salud de pera manzanera, lo más grave que llevo en el cuerpo es un punto en la mano. Eso ha sido lo más cerca de un hospital que he estado en toda mi vida. Así que sí, tenía miedo. Ese miedo tan humano a lo desconocido.

No podía ni pensar en que ya venían los gemelos, los invasores, mis hijos tan deseados, tan queridos. Estaba atorada, pegada, petrificada por el miedo a la cesárea. Y sus temidas consecuencias, claro está.

Llegamos el viernes a la hora al hospital, y allí empezó el proceso. Me prepararon rápido para quirófano, pusieron sondas, hicieron eco, todo parecía tan normal para ellos y yo ahí, con cara de boba.

Decidí dejarme llevar, hacer paso por paso lo que tuviera que hacer.

Entré en quirófano, sola, a mi querido turroncito lo iban a preparar también. Que vayan rápido, pensé. No quiero estar sola ahí dentro. No quiero estar sin él. Habíamos elegido este hospital entre otras cosas porque él podía entrar conmigo en quirófano si fuera necesario, para empezar enseguida con el piel con piel.

Entré, había muchísima gente dentro, una de mis doctoras de la unidad de partos múltiples era la directora de la orquestra. Recuerdo que eso me tranquilizó, era una chica bien maja.

Me pusieron anestesia, no sentí nada, solo ese frío bajando rápidamente por las piernas.

En ese momento entró una doctora para decirme que mi consorte amado no podría entrar, por si había complicaciones con los miomas. Malditos miomas, otra vez con su protagonismo estelar.

Como era de esperar, me tomé esto de todas las formas menos bien. Mi pulso se disparó, empecé a decir barbaridades y no aceptar la decisión. Debo reconocer que dije cosas un tanto feas pero no iba a quedarme tumbada sin él a mi lado apoyándome sin cagarme en unas cuantas cosas de mi alrededor. Intentaron tranquilizarme sin mucho éxito. No podía sentir nada, ni los brazos, solo tenía un rumor de miedo al bisturí en la cabeza. ¿Sentiré los cortes? ¿podré notar que cortan capa por capa? La verdad es que ni siquiera conseguía entender lo que decían los doctores, tal era mi zambombazo de anestesia.

Lo siguiente fue ver a mi príncipe guisante saliendo y llorando, medio gris, medio liláceo, y asustarme por su aspecto tan poco sano. “Es normal, ahora lo lavamos, está perfecto, tranquila” Intenté aferrarme a esas palabras y esperar. Mi princesa guisante salió dos minutos después, llorando como si no hubiera mañana en una reluciente demostración de buen funcionamiento pulmonar. “Pesa 2.010 kgs, la llevamos a neonatos” y otra vez la taquicardia. La pobre doctora que me hablaba todo el rato para tranquilizarme debía estar hasta el moño de mí. No sé ni lo que decía pero en mi cabeza solo se repetía su poquísimo peso, su lloro, el que se la llevaran de mí. Ella siempre pesó más en las previsiones, era la grande, ¿Qué significaba de repente este bajo peso? ¿Y él, solo 2.375 gramos? Debían ser más grandes los dos. Mi pulso seguía disparado. Me los trajeron a los dos. A él le dejaron más rato, a ella no. Pude darle un beso y lloriquear algo en su oreja, algo como “estaré contigo, mi amor, no te dejaré sola”. Me dijeron que el papá iba a estar con ella para el piel con piel y que a mí me dejarían mientras con el pequeñito. Eso no me tranquilizó. Creo que en esos momentos nada podía tranquilizarme, y seguía oyendo de fondo la preocupación por mi taquicardia y mi corazón.

Con el globo de la anestesia no podía reaccionar, ni llorar, ni gritar, ni pensar  ni nada de nada.

Me llevaron a una habitación de observación y me trajeron enseguida a mi pequeño guisante.

Me lo pusieron encima. Recuerdo el miedo a que se me cayera, los brazos no me respondían y no podía dejar de temblar.

Todo el rato entraba gente para mirar mis constantes, pruebas o qué sé yo y todo el rato preguntaba lo mismo “¿Dónde están mi hija y  mi marido? Creo que a la enfermera que entraba a cada momento le debí dejar la cabeza loca. Venga a preguntar. ¿Dónde están mi hija y mi marido? Y siempre me decían, suave y cariñosamente lo mismo, están bien, están en la primera planta, están juntos. Y yo venga a preguntar.

Sé las horas que pasé allí por los relatos posteriores y la reconstrucción de la realidad, pero me parecieron una auténtica eternidad. En algún momento apareció mi turroncito amado y me contó sobre nuestra pequeña. La verdad es que parecía estar bien pero era pequeña-pequeña.

Hacia mediodía vino una pediatra para preguntarme si quería darle pecho a mi princesa, porque iban a traerla con nosotros, pesaba poco pero estaba bien y era muy espabilada. Esta es mi chica, pensé.

Nos llevaron a la habitación a los tres y luego vino ella, tan mona, tan pequeña, pero tan perfecta.

Yo seguía medio en Cuenca y empezaron a venir las abuelas, muertas de la emoción y creo que más gente, tal vez hermanos. Digo creo porque no recuerdo casi nada del primer día, excepto que no me podía mover y que estaba en shock. Solo quería tenerlos encima para suplir el tiempo perdido y recuerdo que dormí con ellos encima, piel con piel.

El resto del relato es menos interesante y más previsible, dolor, cansancio, madre inexperta que no sabe dar el pecho a sus bebés, familares tan felices que no entienden que ni yo ni mis pequeños pegados a mis pechos somos la televisión y un empezar el peregrinaje por la dictadura de las tres horas, tan ampliamente conocida como de las tomas.

Los dos primeros días casi no recuerdo nada más que montañas rusas hormonales y ganas de estar sola (cosa que, por supuesto, no sucedió). A ellos les hacían todo el rato pruebas para seguir viendo que todo estaba bien. Al cuarto día y tres noches después, nos dejaron ir a casa bajo un programa de asistencia domiciliaria en el que la princesa guisante seguía de baja hospitalaria pero podía ser tratada desde casa.

Pero ese es otro tema y otro post, así que, por hoy, vamos a dejarlo aquí.

Y Colorín Colorado, este post tan narrativo ha terminado.

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13 comentarios

  1. Siento que no fuera un parto vaginal aunque, por otro lado, tenías muchas papeletas y quizás, haberlo interiorizado antes, te hubiera ayudado a estar más tranquila. Ya sé que todas preferimos partos vaginales pero yo no veo tan tremendo lo de la cesárea, vale más en casos en los que las cosas se puedan complicar. Por desgracia, conozco un caso de un bebé que murió en el parto, nunca sabes si las cosas se hubieran evitado al hacerlo de otra manera porque todo parecía ir bien pero… para qué jugársela si las cosas no son favorables a un parto vaginal? De verdad, seguramente es lo mejor q pudieron hacer. Por otro lado, los puntos de un parto vaginal pueden llegar a ser tremendamente dolorosos, asi que, como ves, nunca se sabe. disfruta de tus peques!

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  2. Tienes razón! pero simplemente nunca había contemplado la posibilidad de que fuera cesárea en realidad. En cuánto la doctora me dijo que era la opción más segura dije sí sin rechistar, por supuesto!
    Y sí, intentaré mirar las ventajas, siempre es mucho mejor! Pero tenía que expresarme… 😉

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  3. Preparándome para mi parto,intentando no tener planes ni ilusiones,semana 33,principe colocadito, princesa transversal,a sus anchas. Tengo miedo a la cesárea,a no poder tenerlos cerca,a que se los lleven a neonatos, querría un parto vaginal,luz tenue, sólo mi matrona,música de fondo,dilatar tranquilamente…pero sé que no será así. Me gusta seguirte porque vas unas semanas adelantada a mi,y me vas allanando el camino, voy viendo qué es lo siguiente que me espera

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    • hola Beatriz,
      me alegra serte útil, esa es la intención, ayudar y que me ayuden en estos caminos tan entresijados y novedosos de la maternidad.Cualquier duda o inquietudquetengas, ni lo dudes, aquí estoy!!
      suerte y disfruta la recta final 😀

      Anita

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  4. Anita, te acabo de descubrir y me ha encantado tu relato del parto, me he sentido muy identificada pero a la vez envidiando sanamente que pudiera tener a tus guisantitos contigo.
    En abril de 2011, semana 34+4 y sin que nadie la invitase, una preclamsia provocó que mis peques nacieran. 1630 ella, 1640 él….
    Como puedes imaginar, ni los toqué, entre lágrimas pude ver la perfección de sus caritas. Ellos, parecía que sabían que los iban a apartar de mi, y, en los dos casos, me miraron con los ojos bien abiertos.
    A causa de la cesárea tuve que esperar casi 24 horas para tocarlos, sentirlos en mi piel. Su padre si que pudo estar con ellos desde el minuto cero, de hecho estuvo en la cesárea.
    Aún con el bajo peso (y esto si que era bajo) estaban muy sanos y tras 29 días en incubadoras pudimos comprobar lo que significaba ser padres de 2.
    En abril cumpliran 4 años, los mejores de mi vida con sus buenos y malos momentos. No cambio la experiencia y lo volvería a vivir exactamente igual. Son muy divertidos y tienen una comunicación entre ellos extraordinaria y complice.
    Disfruta que crecen muy rápido

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  5. Ana, yo soy la eterna acojonada de las anestesias. Tanto te afectó? Si era epidural, lo de dormírsete los brazos a qué vino? Oye, y qué miomas tenías? Dónde y de qué tamaño? Offf… Yo estoy aterrada, tengo uno grande en el cuello del útero, posterior, y parte de la placenta encima, y las hemorragias y las complicaciones me saturan en la imaginación…

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    • Hola Vanna,
      no era epidural, para la cesárea es un poco distinta, no recuerdo el nombre. Tengo miomas por todas partes, y uno en la zona de la “salida” pero no hubo complicación alguna y todo fue bien. Visto en retrospectiva, la cesárea es una anécdota, créeme…no le temas a la anestesia, lo hacen bien. Me pusieron más y por eso se me durmieron los brazos, por si tenía mucha hemorragia a causa de algún mioma, para prevenir y que no sufriera. Todo fue bien, irá bien para ti también, verás!

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  6. Necesito que alguien me tranquilice porque estoy aterrada, incrementado por mi hipocondria de serie. Estoy embarazada de gemelos idénticos (monocoriales, es decir misma placenta y biamnióticos) de 16 semanas. Soy española pero vivo en Japón. A todos los miedos de los riesgos de este tipo de emebarazo como la temida transfusión feto fetal se une ahora el miedo, mejor dicho pánico y terror, al parto ya sea vagiinal o por cesárea. Y mucha culpa como siempre la tiene el maldito Internet y su sobreinformación. Tengo últimamente problemas de taquicardia e hipotensión que me hace no poder estar mucho tiempo de pie porque me dan lipotimias. Y empecé a preocuparme conque durante el parto podría ser peligroso esa condición y que me podría dar una hipotensión y morirme allí mismo. Así que buscando en Internet qué opción sería mejor (cesárea o vaginal) encontré un problema que se puede dar en el parto que es embolismo del líquido amniótico y estoy ahora obsesionada y aterrada de que me suceda esto porque es algo que no se puede prevenir pero que provoca casi siempre la muerte de la madre. Y lo peor es que ocurre más en embarazos múltiples (14,8 por cada 100.000 mientras que en simples es de 6 por cada 100.000) y también en mamás de más de 35 años y yo tengo 36 y tendré 37 cuando dé a luz. Ya sé que no me tiene por qué tocar pero es azar y estadística y mi pareja y yo no nos llevamos muy bien con ellas. Mi pareja tuvo un cáncer que no le ocurre a casi nadie y mi embarazo de gemelos no es que sea tampoco muy frecuente.
    Conclusión no puedo disfriutar de mi embarazo pensado solo en el terror a que me pase algo durante el parto/cesáreas. Y además que aquí en Japón no dejan entrar ni a la pareja ni a familiares.

    ¿Algún consejo para tranquilizarme?

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  7. Mama de gemelos monocoriales biamnioticos parto vaginal inducido semana 38, 2700 y 2900 unos campeones y en la semana 16 nos detectaron una transfusión feto fetal.. Tuvieron que operar de urgencia. Todo genial hoy en día las cosas han avanzado muchísimo, seguro que va todo súper bien. Mucho animo

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Me encantan los comentarios!

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