20 semanas de embarazo: ahí va el folletín de cómo conseguí quedarme embarazada

Nunca me ha gustado tanto oír la palabra normal como en la ecografía de las 20 semanas.

He esperado, en un alarde de superstición a este momento ya más tranquilo de la gestación para explicaros de una vez cómo conseguí quedarme embarazada contra todo pronóstico, pese a las opiniones médicas, las imposibilidades y el dolor en el corazón.

La historia se remonta a los inicios de mi vida menstruante, cuando la que sería mi ginecóloga durante muchísimos años vio que tenía un útero altamente miomatoso. Los miomas son una putada que te hace sangrar cuál peli de Tarantino durante la regla y te producen un dolor tirando a abominable. En aquel entonces, a mis diecipocos años todavía no me alertaron de lo jodido que sería tratar de quedarme embarazada.

Entre nosotros, la verdad, ese tema estaba a años luz de mi cabeza y lo siguió estando muchísimo tiempo. Estaba muy lejos aún de la calculadora de ovulación. Durante años ni se me pasó por la cabeza la reproducción humana y lo creáis o no, no fue hasta los 36 que me di cuenta de que tal vez, en algún futuro, si conocía a la persona adecuada y todo eso, quizás quizás quizás podría pensarlo mejor. Afortunadamente para mí estaba a punto de conocer al adecuadísimo que me hizo rápidamente cambiar de opinión. No me leáis mal, no es que él argumentara a favor, no, es que las hormonas se me dispararon bien rápido a su lado. De repente todo parecía escrito en el cielo y en poco tiempo ya estaba preguntando cómo funcionan los test de ovulación y pidiendo consejos para tratar de quedar embarazada.

Bueno, poco tiempo es relativo, porque todo tiene que cumplir sus ciclos y cuando empezamos a probarlo yo tenía 38 años ya. Aquí se abren dos paréntesis, que quiero formular. Yo, lo confieso, no tenía ni idea de cómo funcionan los ciclos de fertilidad femenina, y creía, en contra de toda lógica, que era tan fácil o difícil quedarte embarazada con 20 que con 40. Por supuesto no soy una ingenua, pero reconozco que lo fui durante años medio por despreocupación, medio por preocupación. Mi última visita, un año atrás, a mi ginecóloga me había encendido el radar de alarma: los miomas iban a dificultar terriblemente la cuestión, y, si con suerte y un cirio a la virgen conseguía un embarazo debería estar 9 meses en cama. embarazo

Igualmente, decidí que mi voluntad y actitud podrían hacer mucho al respecto (craso error) y empezamos a intentarlo. Como imagino no soy la única, pensé que en realidad mi fecundidad iba a ser bastante instantánea. Supongo que no soy la primera mujer que piensa que su primera vez sin condón será la definitiva. Son demasiados años de tenerle pánico a las consecuencias del acto sexual y de discurso de planificación familiar mal dirigido siempre hacia el “embarazo no, gracias”.

Medio año después, viendo que no pasaba nada, decidí ir a otro ginecólogo. Como terminé en semejante animal de cuatro patas es una historia menor: pedí consejo de un especialista en úteros polimiomatosos y me dieron su nombre. El señor, por no llamarle de otra manera, me juzgó a una velocidad de vértigo. Desde su consulta, es  una esquina cualquiera de la parte alta, tardó menos de dos minutos en dictaminar que con este útero no podía quedarme embarazada. Eso sí, sin hacerme ninguna prueba y solo viendo ecografías del año anterior.

Me dijo algo así como “donde vas a tu edad y con este útero saco de patatas” me propuso una operación para rebanarme los miomas de la que no me aseguraba éxito alguno y que conllevaba unos 5.000€ y unos dos años de recuperación, en el caso mejor.

Al salir, casi me caigo de las escaleras, tal era mi estado de shock.

Siempre he sido un poco imbécil con los médicos, pensando que tenían la razón absoluta y que su parecer rozaba lo divino. Cuando volví en mí, meses después, decidí pedir una segunda opinión. Esta vez otro consejo me llevó a la Dexeus, clínica que, estaréis conmigo, parece de lo mejorcito del país en reproducción. Parece, del verbo parecer, o sea, según el DRAE, que tiene determinada apariencia o aspecto. Una vez allí me hicieron una ecografía, un poco más detallada de lo que estaba acostumbrada y tres veces más cara de lo que pagué por una jamás. En ella vieron que no solo tenía miomas sino también endiometrosis, cosa que agravaba esos bonitos dolores de regla que siempre había sufrido.

La señora doctora, cuyo nombre no quiero revelar pero si alguien tiene interés real por privado no me importa dar, me dijo con todas las letras “nunca te vas a quedar embarazada”, como está tu útero aún en un milagro de que te quedaras no pasarías jamás de las doce primeras semanas, no hay espacio para un bebé, no lo conseguirás. Sus alternativas eran variopintas y afiladas: fecundación in vitro para congelar embriones e implantármelos después en caso de que saliera bien de una miomectomía (operación por la cuál me rebanarían los múltiples  y agigantados miomas), alquiler de vientre no legal en España pero bueno o ya directamente lo más semajante a una no-solución: histerectomía, o sea, extirpación total del útero.

No tengo palabras en mi lexicón para narrar lo que sentí ese 7 de agosto. Nunca he oído algo tan parecido a una sentencia de muerte. La única reacción posible, a mi entender entonces, era la adopción. Mi amado consorte estuvo de acuerdo y empezamos, otra vez con un tufo de ingenuidad insoportable, el proceso desesperanzador.

Afortunadamente teníamos un potente contacto en Albania que prometía terminar con tal engorro chungoso en más o menos un año, pero, como no, antes teníamos que vernos las caras con la Agencia de Acogida y Adopción. Los trámites eran algo parecido a la eternidad, llenos de pruebas de enfermedades, económicas, burocráticas y un largo y aburrido etcétera.

De la reunión obligatoria de información salí con más ganas de llorar aún que de la Dexeus, de lo terroríficamente chunguísimo que te lo ponían todo. En un proceso “normal” los años podían ser más de 5 o de 8 y nunca te garantizaban que el final fuera un niño en tus brazos, todo siempre depende de una entidad superior semejante a un dios.

Pese a todo y en contra de toda razón nos pusimos a ello: nos pinchamos, analizamos, casamos, presentamos antecedentes penales y todo lo que os podáis imaginar y más.

Meses después, y antes de haber siquiera iniciado el proceso presentando la kafkiana documentación, un 31 de diciembre a las 7:00 am de la mañana supe que estaba embarazada.

No os podéis ni imaginar mi cara de tonta apatatada. Hacía semanas que presentaba todos y cada uno de los primeros síntomas de embarazo: cansancio, dolores como menstruales, hinchazón e hipersensibilidad del pecho, alteraciones de humor y un bajo estado general. Pero, ¿cómo iba a pensar que estaba embarazada? A las cuatro semanas de retraso empecé a tener la sospecha cual mosca cojonera y disparatada y decidí hacerme una prueba de embarazo. Tardó un segundo en salir la famosa segunda barra.

Todavía me acuerdo de mi médico de cabecera muerto de la risa. “La naturaleza y la fuerza de la vida es más fuerte que todo”, me decía. Me explicó que hay una especie de síndrome asociado a la adopción. Se trata de algo parecido a un relax general que puede propiciar la fecundación. Sea como fuere, pedí la baja médica, e hice todo lo que él y mi comadrona me dijeron: descanso, vida sana, buena alimentación. Debo decir que el hecho de que el mismo día me dislocara el hombro en un accidente casero facilitó mucho que estuviera tranquila y en reposo.

Siempre pensé que mi temporal ausencia por varios motivos de lo que en aquel entonces era el lugar donde trabajaba, dirigiendo una escuela que más bien parecía un psiquiátrico bajo el mandato de un imbécil de mucho cuidado propició mucho el embarazo. El estrés es un mal poderosísimo y con unas consecuencias físicas brutales que no hay que desestimar.

Infelizmente y sin motivo aparente, a las 10,5 semanas de gestación tuve un aborto espontáneo. No hubo forma de pararlo, ni prevenirlo ni hacer absolutamente nada. Mi cuerpo empezó el proceso de expulsión sin que llorar, suplicar y no moverme ni para respirar pudieran contenerlo.

A estas alturas sé que la naturaleza es sabia y que si decidió que no continuara fue para evitar un mal mayor pero eso lo sé ahora, no entonces. Entonces fue un total, absoluto e inenarrable dramón. Vi como la única oportunidad de ser madre se iba para siempre jamás y sabía que era mi única y última posibilidad. Me caí tan larga y ancha soy al suelo y solo pude levantarme gracias al incondicional amor y apoyo de mi maravilloso compañero de vida y a la Gestalt. No creo necesario dar detalles sobre el dolor y la desesperación del luto y angustia posterior.

Nunca he sido el tipo de persona que se queda en el suelo revolcándose en sus miserias pero esa vez estuve más bien cerca.

Sea como fuere, junté todos los pedazos para tratar de buscar una solución. Si algo me había enseñado este embarazo era que por supuesto podía quedarme embarazada pero que tal vez lo complicado tal vez iba a ser retenerlo en mi interior.

Gracias al consejo de una amiga fui al doctor al que le debo estar en la semana 20 de mi embarazo y si todo sale bien le deberé el final feliz de mis gemelos.

Lo primero que hizo este doctor, en su clínica especializada en reproducción asistida  fue decirme que tenía que hacerme pruebas para ver cuál era el estado de la cuestión. Nos hicieron pruebas de rutina reproductiva (reserva ovárica, seminograma) y otras para ver cómo estaba el interior de mi útero. De estas pruebas salió un “podemos probar una in vitro” y me dio una estimación de éxito del 20% no más.

Lo que me tranquilizó en todo momento fue el ir teniendo pruebas y más pruebas que diagnosticaran cual era mi estado real y el carácter tan humanamente correcto del doctor, que siempre me hizo sentir mejor.

Con este pronóstico, no tan halagüeño pero no descorazonador, nos pusimos manos a la obra y empecé a pincharme hormonas como si no hubiera mañana. Al tener una reserva ovárica baja, tuve que ponerme la dosis máxima y durante un par de semanas debo reconocer que estuve medio majara. Pincharse en la barriga cada día no es agradable, pero, si no hay más remedio, respiras y lo haces. Eso pensaba yo cada día inyección en mano “quien algo quiere, algo le cuesta” y con el refranero a mi favor me iba inyectando la solución mágica que no son más que hormonas extraídas del pis de mujeres ya no menstruantes (lo juro: leed bien la información).

Nuestro gozo se fue al más puñetero pozo cuando un lunes 5 de mayo las pruebas sobre el crecimiento de mis folículos y mi pretendida fecundidad quedaron más bien en un no va a pasar. Los puñeteros miomas no dejaban ver mi ovario izquierdo y en el derecho solo había dos folículos. Eso, en el mejor de los casos podrían ser dos o uno o ningún óvulo en buen estado, al que había que fertilizar e implantar. O sea, un éxito poco probable en torno al 5% y hacer todo el movidón.

Teníamos 24 horas para pensar que hacíamos y con dolor de mi corazón pero siendo la mente práctica que soy decidimos que la donación de óvulos era la mejor solución.

Si mis óvulos eran un problema habría que sortearlos de la forma que fuera mejor.

Tener esta nueva mala noticia me dio un bajón de mucho cuidado pero jugárnoslo todo a una carta parecía aún peor.

El doctor me recomendó, ahora ya sin las prisas de la naturaleza en el ciclo de la reproducción que me operara de la forma menos agresiva posible y dejara mi útero en una mejor condición, para no pasar un embarazo postrada en la cama.

Dije que no. Por un lado, eran ya dos rendiciones en un día y más tiempo perdido y por otro escuchaba una vocecita en mi interior diciendo no-no-no-no.

Me dio una inyección para parar las hormonas y provocar la ovulación y me aconsejó que nos abstuvieramos de tener sexo o lo que no pasaba nunca podía suceder y acabáramos  con trillizos o cuatrillizos o algo peor.

Esta parte del dictamen médico nos entró por una oreja y salió por la otra y acatamos la contra orden: hay que ponerse a cohabitar como conejos esperando que suene la flauta en una estruendosa casualidad.

Así fue. Pasamos una más que dulce semana de revolcones constantes y semanas después, aunque era difícil de creer, aún siendo extremadamente optimista el test volvió a dar positivo.

Sé que es la más pura definición de chiripa chiripoide chorra total que pudo pasar pero pasó.

Eso sí, el resultado fueron dos.

Ahora solo nos queda seguir esperando que nuestra suerte continúe y que en pocos meses estemos hasta arriba de pañales, lloros y otros beneficios infantiles.

Y colorín colorado, este post tan esperanzado se ha terminado.

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7 comentarios

  1. […] “Nunca ni en mis más locos sueños de fulgurante optimismo hubiera imaginado que acabaría siendo malamadre de dos. Bueno, futura malamadre, que aún estamos en el séptimo mes de gestación. Durante años todo lo que oía de mi capacidad de reproducción fue bastante prescindible, visto desde el momento actual: que si nunca vas a quedarte embarazada, que si tu útero parece un saco de patatas con tanto mioma (palabras médicas textuales), que si a tu edad y en estas condiciones… aquí normalmente seguía una mirada o bien de condescendencia médica con un reproche bastante definido o bien un verbalizado “lo mejor que puedes hacer es operarte y quitártelo todo”. Podéis leer la historia más completa de todos estos avatares pre-gestacionales en mi post sobre este embarazo gemelar […]

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  2. No te imaginas la alegría que tengo al leer tu historia!! Llevo semanas buscando información en internet y milagrosamente he acabado en tu blog. Primero que nada, enhorabuena por tus gemelos!! después de leer cómo lograste quedar embarazada, imagino que todavía pensarás que es un sueño y que puedes despertar 🙂 Yo tengo 40 años y un “saco de patatas”. La semana pasada fuimos a una clinica de FIV y vamos a comenzar tratamiento. Como ya sabes, el tratamiento es costoso y las posibilidades son bajas, pero aún así lo intentaremos. Las pruebas de reserva ovárica han salido muy bien, eso me tiene esperanzada. Lo que me angustia es que la doctora me dijo que al tener tantos miomas, me va a transferir un solo embrión porque le “parece muy riesgoso un embarazo gemelar y no quiere que pase el embarazo en cama, aborte o sea un parto prematuro”… Esto me preocupa mucho, porque no tenemos “tiempo de vida reproductiva” ni dinero suficientes para intentar varios tratamientos y creo que si nos transfieren un sólo embrión se enlentece todo. Ya se que no tuviste necesidad de hacerte la FIV, pero, ¿qué opinas de mi caso?, cuando fuiste a los médicos de fertilidad, ¿te hablaron del número de embriones que te transferirían? La verdad es que tengo mucho interés en saber que opinas!! Gracias de antemano y un saludo

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    • Hola y bienvenida!
      Gracias a dios encontré una clínica en la que no eran tremendistas…me hablaron de transferirme hasta 3 embriones incluso con miomas…por supuesto me recomendaban, como el 100% de los médicos, operarlos, aunque no garantizaban éxito total…por suerte confié en mi instinto y no me operé…los miomas son algo bastante habitual y pueden salir por peteneras. Puedes tener un globo y que apenas crezca o puedes tener un guisante y que con el embarazo se vuelva un globo…nunca se sabe lo que pasará. Igualmente, pide más opiniones y no te dejes asustar. Depende muchísimo de donde los tengas!

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  3. hola anita,

    tus miomas de que tipo eran, yo tengo uno submucoso y otro intramural subseroso, hace poco fui a una cita queriendo volver a intentar embarazarme después de un aborto involuntario hace un año y el doctor me dijo que el submucoso era la causa del aborto que tuve, ahora me dice que debo operarme y esperar otros seis meses mínimo para intentarlo

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